LA IGLESIA TAMBIÉN ES MI FAMILIA.
(Reflexión de Carmen Pérez Rodríguez. Monja Teresiana)
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| Santa Teresa de Jesús |
Estoy cansada de oír críticas que son verdaderos tópicos contra la fe
y confianza en la Iglesia. Sí se habla mal de mi familia va contra
mí. Y mi familia es también la Iglesia. Soy Iglesia. La Iglesia es el lugar
donde se anuncia el fundamento unitario del mundo, el lugar del anuncio de
Cristo. Es el lugar de comunicación, de propuesta de sentido de la vida,
donde la salvación puede acontecer. A través de la unidad, quien realiza la
unidad en el mundo, es decir, Cristo y su Iglesia, se reconstruye esa unidad
del mundo en todo y para todo.
Y en segundo lugar, surge la palabra comunión, como unidad
entre nosotros. Esto implica la necesidad de un lugar visible en el que la
unidad en torno a Cristo se pueda constituir. Y entonces es una
compañía, una familia para toda la vida. La Iglesia es lugar de vida, de comunión,
de inspiración, de fuerza. Primero sintamos lo que es la Iglesia, como nos pasa
con lo que es la familia, con todas sus luces y sombras, igual que ocurre en
todo lo humano. Esto no es nada teórico, es la vida. La familia puede ser, y
debe ser, la célula de la sociedad, la escuela donde todo se aprende, el lugar
donde se vive de la fidelidad, la entrega, el servicio, el amor, la ayuda, el
sacrificio. Igual, la Iglesia. Y como en la familia, en la Iglesia también hay
lo que cada uno ponemos. El convertido y escritor Chesterton nos expone sus “muertes
y resurrecciones”. La Iglesia no se va a convertir nunca en un pobre credo
encogido, sectario, progresista o retrógrado. Creo en un Dios
creador, que nos ha creado a su imagen y semejanza dándonos un
singular y único puesto en el cosmos, creo que se ha manifestado en la
historia, en un lugar concreto, que ha muerto y resucitado y continua en su
Iglesia. Y la Iglesia no es una pálida llama de una vela que se deja quemar a
la luz del día, camina y vive en la historia. La Iglesia es siempre madre,
siempre joven, siempre fecunda. Siempre anuncia el reino de Dios inaugurado por
Jesucristo.
Cuando
oigo críticas a la Iglesia, siento que en el fondo ni la rozan, no me quitan ni
un ápice de la fe. Las injurias y descalificaciones que oímos, cada una con el
peculiar aguijón, y posición de quien la hace, nos tienen que
servir, exclusivamente, para hacer un examen de nuestras actitudes. Porque una
cosa es señalar las sombras y otra ir a la caza de los cristianos.
La fe es lo más opuesto a las teorías.
El creyente no puede llenarse de teorías. Puede servirse de algunas, algunas
que son sólidas y auténticas. Pero no puede quedarse prendido a
ellas como a un bien propio de la inteligencia, como una deducción matemática,
o una interpretación científica.
La fe no intenta acaparar su objeto,
no puede hacerlo, la fe invade toda la vida y nos hace alcanzar a Dios. No se
puede creer a medias. Eso no es fe, porque en Dios, en su palabra concreta que
es Jesucristo resucitado, repito, no se puede creer a medias, no se le pueden
poner límites, interpretaciones a nuestra medida. Ni credulidad, ni sectarismo,
ni pereza. Toda auténtica fe es educadora, es creativa. La fe es
reconocer en mi experiencia, en mi historia, la Presencia de alguien distinto,
que da un nuevo rumbo y sentido a la vida. La fe ciertamente implica “algo” más
que humano. Nace, sí, y se afirma, de manera humana, razonable, de
forma afectiva, perceptible y vivible. Es fruto de un encuentro con la
Presencia de Dios, a través de las circunstancias, situaciones o personas que
sean. Es de una eficacia tan grande que no puede ni sospecharse. Cambia la
vida. Se expresa con una palabra muy gráfica: conversión. El que realmente cree
se convierte a Dios, a Jesucristo, a su Palabra, a su manifestación.
El que cree, cree en el amor de Dios y en todo lo que este amor engendra.

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