sábado, 26 de octubre de 2013

LA IGLESIA TAMBIÉN ES MI FAMILIA. 

(Reflexión de Carmen Pérez Rodríguez. Monja Teresiana)

http://bloggerscatolicos.wordpress.com/category/una-ventana-abierta-ha-carmen-perez-stj/


Santa Teresa de Jesús

Estoy cansada de oír críticas que son verdaderos tópicos contra la fe y confianza en la Iglesia.  Sí se habla mal de mi familia va contra mí. Y mi familia es también la Iglesia. Soy Iglesia. La Iglesia es el lugar donde se anuncia el fundamento unitario del mundo, el lugar del anuncio de Cristo. Es el lugar de comunicación, de propuesta de sentido de la vida, donde la salvación puede acontecer. A través de la unidad, quien realiza la unidad en el mundo, es decir, Cristo y su Iglesia, se reconstruye esa unidad del mundo en todo y para todo.

Y en segundo lugar, surge la palabra comunión, como unidad entre nosotros. Esto implica la necesidad de un lugar visible en el que la unidad en torno a Cristo se pueda constituir.  Y entonces es una compañía, una familia para toda la vida. La Iglesia es lugar de vida, de comunión, de inspiración, de fuerza. Primero sintamos lo que es la Iglesia, como nos pasa con lo que es la familia, con todas sus luces y sombras, igual que ocurre en todo lo humano. Esto no es nada teórico, es la vida. La familia puede ser, y debe ser, la célula de la sociedad, la escuela donde todo se aprende, el lugar donde se vive de la fidelidad, la entrega, el servicio, el amor, la ayuda, el sacrificio. Igual, la Iglesia. Y como en la familia, en la Iglesia también hay lo que cada uno ponemos. El convertido y escritor Chesterton nos expone sus “muertes y resurrecciones”. La Iglesia no se va a convertir nunca en un pobre credo encogido, sectario, progresista o retrógrado.  Creo en un Dios creador, que nos ha creado a  su imagen y semejanza dándonos un singular y único puesto en el cosmos, creo que se ha manifestado en la historia, en un lugar concreto, que ha muerto y resucitado y continua en su Iglesia. Y la Iglesia no es una pálida llama de una vela que se deja quemar a la luz del día, camina y vive en la historia. La Iglesia es siempre madre, siempre joven, siempre fecunda. Siempre anuncia el reino de Dios inaugurado por Jesucristo.

Cuando oigo críticas a la Iglesia, siento que en el fondo ni la rozan, no me quitan ni un ápice de la fe. Las injurias y descalificaciones que oímos, cada una con el peculiar aguijón, y posición de quien la hace, nos  tienen que servir, exclusivamente, para hacer un examen de nuestras actitudes. Porque una cosa es señalar las sombras y otra ir a la caza de los cristianos.

La fe es lo más opuesto a las teorías. El creyente no puede llenarse de teorías. Puede servirse de algunas, algunas que son sólidas y auténticas.  Pero no puede quedarse prendido a ellas como a un bien propio de la inteligencia, como una deducción matemática, o una interpretación científica. 
La fe no intenta acaparar su objeto, no puede hacerlo, la fe invade toda la vida y nos hace alcanzar a Dios. No se puede creer a medias. Eso no es fe, porque en Dios, en su palabra concreta que es Jesucristo resucitado, repito, no se puede creer a medias, no se le pueden poner límites, interpretaciones a nuestra medida. Ni credulidad, ni sectarismo, ni pereza. Toda auténtica fe es educadora, es creativa.  La fe es reconocer en mi experiencia, en mi historia, la Presencia de alguien distinto, que da un nuevo rumbo y sentido a la vida. La fe ciertamente implica “algo” más que humano. Nace, sí,  y se afirma, de manera humana, razonable, de forma afectiva, perceptible y vivible. Es fruto de un encuentro con la Presencia de Dios, a través de las circunstancias, situaciones o personas que sean. Es de una eficacia tan grande que no puede ni sospecharse. Cambia la vida. Se expresa con una palabra muy gráfica: conversión. El que realmente cree se convierte a Dios, a Jesucristo,  a su Palabra, a su manifestación. El que cree, cree en el amor de Dios y en todo lo que este amor engendra.